Domingo, 17 Diciembre 2017 | Login

Ordenadores ¿panacea o despilfarro?

Rodrigo Santodomingo
Hace un par de años, Mark Lawson, director de instituto en el estado de Nueva York, dijo basta al reparto masivo de portátiles entre los alumnos del Lincoln High School. Los chavales se descargaban pornografía e ideaban chuletas digitales. Un hacker precoz se había colado por las rendijas de la seguridad virtual y creó una página explicando a sus compañeros los pasos a seguir para acceder al sistema e ingeniar toda serie de gamberradas cibernéticas. Lawson declaró que, tras siete años, el programa no había reportado ningún beneficio académico, se trataba de una mera “distracción”.

El caso del Lincoln no es único en Estados Unidos, un país con tres ordenadores por cada diez alumnos, una de las tasas más altas del mundo. Otros, como el Matoaca High School, han cerrado el chiringuito de informática a gran escala en las aulas por meras razones económicas. Rentabilidad pedagógica. ¿Por qué invertir 1,5 millones de dólares al año en una iniciativa de resultados inciertos?



Nadie ha conseguido probar de forma concluyente las supuestas glorias de la medida de moda en los colegios de todo el mundo. Tiene glamour, queda perfecta en las inauguraciones, alberga la fuente de conocimiento de nuestro siglo, aparenta igualdad (la famosa “brecha digital”), permite fantasías futuristas. Pero lo cierto es que no hay datos claros que refrenden su eficacia. Algún estudio desperdigado y sobre cuestiones muy concretas, sobre todo en Matemáticas. Según el profesor Larry Cuban, de la Universidad de Stanford, “no existen pruebas de que el uso habitual de multimedia, internet, procesadores de texto y otras famosas aplicaciones tenga algún impacto sobre el rendimiento académico”.

¿Tecnología negativa?

Poca sustancia estadística al otro lado del espectro: tampoco sabemos hasta qué punto pueden las nuevas tecnologías perjudicar el aprendizaje o interferir con los métodos de enseñanza tradicionales. Muestras aún escasas y poco tiempo (en España los programas más extensos no llevan más de 3-4 años) para analizar la evolución de un grupo de alumnos específico. A esto se suma la esencia de la informática, mutable por naturaleza, con evoluciones continuas y flamantes herramientas cada mes.

Sí existen, por el contrario, escuelas como el Lincoln o el Matoaca que ya han dado marcha atrás e infinidad de testimonios docentes contra la invasión de las máquinas en su lugar de trabajo. Y declaraciones que invitan a la preocupación por venir de quien vienen. Steve Jobs, el jefazo de Apple, uno de los gigantes de la industria, hablaba recientemente en estos términos: “Soy probablemente la persona del mundo que más ha apoyado la introducción de equipamiento informático en las escuelas, pero he llegado a la conclusión de que el problema con el que tratamos no lo puede aspirar a resolver la tecnología. Los fallos de la educación no los puede arreglar la tecnología”.

Escuela 2.0

Curiosamente, el otro supermagnate de la informática, Bill Gates (éste sí defensor de la escuela digital), se entrevistó la pasada semana con el presidente Rodríguez Zapatero. Para hablar de sus iniciativas solidarias, marcaba el programa, pero Gates no desaprovechó la ocasión para aplaudir la Escuela 2.0 con la que el ejecutivo socialista pretende plantar las semillas de un nuevo modelo productivo en España. Todo apunta a que el multimillonario de la sonrisa beatífica dará algún tipo de soporte a los fastuosos planes del presidente, nada menos que 420.000 portátiles antes de septiembre.

A la vista de lo ocurrido en el último encuentro entre el ministro de Educación Ángel Gabilondo y los consejeros de las comunidades autónomas, se trata de un proyecto en pañales que el Gobierno deberá perfilar lo antes posible si quiere cumplir sus propios objetivos. ¿Cómo se va a financiar? ¿Quién va a formar a los profesores? ¿De qué manera afectará al empleo de otros materiales didácticos? Y sobre todo: ¿servirá de algo?
(Padres y colegios)