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Las montañas de la mente

Robert Macfarlane. Alba Editorial, 2005

El libro reúne vivencias personales del montañero Macfarlane y la descripción de cómo ha evolucionado la percepción de las montañas en mente de la humanidad.

Muestra de ello es su descripción, que muchos montañeros la habrán sentido en propio, de una jornada aciaga: “Un solo piolet..., ¿por qué habría llevado uno sólo? Recurrí de nuevo a la mano derecha, la de los dedos de cera, para clavarme a la nieve. No me dolían, toda una ventaja. Y así continué manteniendo el ritmo. Pie, pie, mano, mano, maldición. Pie, pie, mano, mano, maldición”.

Junto a este tipo de anécdotas personales se hacen descripciones bellamente elaboradas del cambio en la percepción de las montañas a lo largo de tres siglos, XVIII, XIX y XX. Unas montañas, ayer despreciadas por sus características – topografía escarpada, desolación, peligro – hoy, admiradas y apreciadas por esas mismas características.

Robert Macfarlane sostiene la tesis que “las montañas son en realidad producto de una colaboración entre la forma física del mundo y la imaginación humana: las montañas de la mente”, como dice el título del libro. Las montañas que uno contempla, las que leemos, las que soñamos y las que deseamos, no son exactamente las que escalamos. Hay una disyunción entre lo real y lo imaginado.

El tamiz personal de subjetividad que ponemos en todo transforma la realidad. Este libro nos ayuda con sus detalles a conformar otro filtro mental, más rico y por lo tanto de más potencial. Nos ayuda con sus metáforas sorprendentes a percibir muchas más cosas que en otro caso nos pasarían desapercibidas.

Para el Macfarlane geólogo, ir a la montaña se convierte no sólo en una excursión en el espacio, sino también un viajar hacia atrás en el tiempo, retrocediendo en el pasado hasta cuando “el granito deambulaba por ahí como gránulos de papilla”, el “basalto soltaba burbujas como en un guiso” o “las capas de caliza se doblaban como si fueran mantas”. Veinte mil años atrás el granito y el brezo son cubiertos bajo millones de litros cúbicos de hielo / Sesenta millones de años antes, ríos de lava basáltica corren a raudales. Ciento sesenta millones de años antes, el continente geográfico norte flota por el trópico y es un desierto / Cerca de cuatrocientos millones de años hace, esa misma región era tan alta como el Himalaya”.

El Macfarlane poeta consigue unir las montañas con la gramática, en una pirueta que causa asombro, nos hace apreciar la caligrafía del paisaje. El poder condensador de la palabra, más fuerte que lo que describe, consigue comprimir cientos de millones de años en una pocas páginas. Por el libro pasean una la larga lista de pintores, escritores, científicos, Percy, Shelley, Byron, Turner, Ruskin, Darwin, Lyell, etc., cada uno contribuyendo a la imaginación, a la creación de las Montañas de la Mente.

Claro que las montañas tienen su peligro, algunos buscan el miedo en ellas, o si no lo buscan lo padecen como le sucedió tantas veces al propio autor. El gran cambio que ha tenido lugar en la historia del riesgo, de arriesgar para conseguir algo, a pagar por pasar riesgos para conseguir fuertes emociones y la sensación de euforia física que genera mente en esos momentos. Pero la dificultad también hace surgir lo mejor de cada uno, lo noble, lo elevado, el compañerismo forma parte de las montañas de la mente al menos en el montañismo aficionado.

Macfarlane acierta cuando dice: “Para mí, como para la inmensa mayoría de los montañeros, el atractivo de las montañas tiene más que ver con la belleza que con el riesgo, con el júbilo que con el miedo, con la maravilla que con el dolor, y muchísimo más con la vida que con la muerte”. Hay un gozo en la experiencia sensorial de la altitud, una dicha no competitiva sino contemplativa... Los ríos parecen cintas, los lagos, cuchillas de plata, y las rocas, motas de polvo… La tierra se reduce a dibujos abstractos o imágenes insospechadas... La amplitud visionaria de las alturas es una aproximación a la visión divina…

La cumbre es un icono del ideal romántico de libertad y transparencia. Ir a un lugar donde nadie haya ido, desear ser el primero en algo, ser original, es un anhelo muy enraizado en la imaginación occidental. Esta obsesión hacia los paisajes montañosos ha implicado la muerte de Mallory, y tantos otros alpinistas.

De todo esto habla el libro. En palabras del autor: este libro no trata de nombres, fechas, picos y alturas, como los libros sobre la montaña al uso, sino de emociones e ideas. En realidad, no es un libro sobre montañismo sino un libro sobre la imaginación.

 

 

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