Martes, 21 Septiembre 2021 | Login

Nadie da lo que no tiene

El silencio se ha convertido en el principal desafío en la educación. Toda formación debería ser integral, haciéndose cargo de lo que el ser humano es, recuperar la relación maestro-discípulo y fomentar el asombro del que nacen muchas cosas.

Pablo d’Ors es sacerdote, capellán de enfermos en el hospital Ramón y Cajal, consejero del Pontificio Consejo de la Cultura por designación expresa del Papa Francisco y escritor de éxito. Autor, entre otros, del libro: “Biografía del silencio”, del que MEP ofrece una pequeña reseña en su web. Nos recibe en su casa del madrileño barrio de Tetuán.

¿Tiene el silencio biografía propia?

El silencio es auténticamente transformador. Asistimos a un bombardeo de palabras, imágenes y sonidos que nos pueden producir incapacidad de concentración o de atención. El silencio nos muestra nuestra imagen, lo que somos… y eso no nos gusta. Esta es la principal dificultad de la práctica del silenciamiento, podríamos decir.

Por eso el silencio se ha convertido en el principal desafío en la educación. No se trata de oponer silencio a palabra… sino silencio a ruido exterior e interior. Tanto el silencio, la palabra como la acción, son importantes, y los tres definen a la persona. Un hombre logrado sería aquel que trabaja y da lo mejor de sí en estos ámbitos, en el silencio, en la palabra y en la acción. Son los grandes troncos para desarrollar toda una pedagogía fascinante.

 ¿Cómo puede mejorar el silencio la educación?

Creo que igual que cuando somos niños nos enseñan a ejercitar la memoria, deberían también ayudarnos a ejercitar la atención, que es lo contrario a la  cultura del zapping en la que estamos inmersos. Porque la atención es la manera de estar plenamente presentes en lo que sucede. Cuando estamos atentos, sabemos que vivimos; cuando estamos despistados o sin atención, no sabemos dónde estamos, ni lo que hacemos, ni lo que hemos hecho.

En mi opinión, la educación no está bien planteada desde la base. Seguimos pensando que es fundamentalmente algo intelectual, pero el ser humano no es solo mente; también es cuerpo y también es espíritu. Toda formación debería ser integral, haciéndose cargo de lo que el ser humano es. No es fácil porque hemos sobredimensionado lo pragmático. Todos los padres quieren que sus hijos sean informáticos, que sepan inglés… y está bien… pero es escaso. Se trata de educar en la gratuidad y no en la utilidad. El planteamiento sería: ¿Queremos educar para la singularidad o para la masa y el engranaje social?

Sin embargo, cada vez se habla más de la educación personalizada…

Una educación es personalizada cuando escucha los talentos que tiene el alumno. Es el punto de partida, para que haya una autentica educación, despliegue de la calidad del alumno y no una instrucción. Sería un subrayado del sujeto sobre el objeto. Para ello, es necesario recuperar la relación maestro-discípulo, fomentar la admiración y el asombro del que nacen muchas cosas.

Abundando en este aspecto, hay que mostrar modelos… por eso todo el tema de las tecnologías está bien, pero en algunas ocasiones ensombrecen la trasmisión de maestro a discípulo… El verdadero saber pide una trasmisión de persona a persona. Hay legados que solo se pueden trasmitir así. En ese sentido la educación tiene que ser personalizada: transmitir estilos de vida no sólo conocimientos.

¿Cómo producir ese silenciamiento a la hora de impartir una clase?

La manera de educar es paulatina y gradual… ¿por qué no introducir la práctica del silencio en las escuelas? Tengo esperanza, porque veo un renovado interés en esta dimensión. A los alumnos les ayudaría a conocerse mejor, autorregular su conducta y ser más conscientes del momento presente. Es potenciar en los alumnos una actitud encaminada a desenmascarar automatismos y promover su desarrollo integral. Un estilo global de afrontar la vida que impulsa las fortalezas personales.

Además el silencio interior tiene varias fases: capacidad de silenciarse, ser capaz de escuchar y de mirar. Pero lo más importante es el silencio del profesor. Para transmitir estas habilidades a los alumnos tendrían que querer hacer esta experiencia los propios profesores. Los alumnos no son tontos y no se creen lo que los profesores no viven. Se dan cuanta perfectamente y de manera inmediata lo que vives… nadie puede dar lo que no tiene. Los chicos son un espejo de nosotros… si no nos gustan como son, es que no nos gustamos nosotros.

Esto supone un cambio radical…

Pero además del silencio como clave para una educación integral, están el mito y el rito. Los mitos son relatos que conforman el imaginario popular y tienen grandes finalidades para la educación, entre otras cosas, contar con una forma de entender el mundo y comprenderlo para poder vivir en él, no quedándose con la mera apariencia de caos; sino formulando una explicación alternativa de la realidad. También mostrar ejemplos prácticos: conocerlos, entenderlos, llevarlos a la vida y que se puedan constituir en un marco de referencia común. Sin embargo, el mito es mucho más que una historia común y corriente, porque se refiere a algo vital.

Por su parte, el rito está para la representación, recreación, evocación e incluso actualización del mito. El teatro, sin ir más lejos,  es un derivado directo del rito: se trata de representar una historia. El rito de manera consciente va proporcionando un orden en la cabeza que nos hace bien. Hay que crear ritos con los alumnos que les hagan conscientes de nuestra realidad. Por lo tanto, los criterios para saber si se está educando bien son: ¿Con qué historias se sale? ¿Qué relatos son los que han aprendido?

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